domingo, 6 de julio de 2014

Una película inolvidable: ¡No he sido yo, lo juro!

Desde que vi C'est pas moi, je le jure! (26 de septiembre de 2008, Canadá) se ha convertido, indudablemente, en mi película favorita. Se trata de la tercera producción de Philippe Falardeau (1968, Hull, Quebec, Canadá), quien se convirtió en director casi por casualidad tras ganar hace 22 años un concurso de dirección de cine en un programa de televisión. Aunque no se considera ni artista ni director de cine, sus películas hablan por sí solas. Ésta ha sido ganadora de 8 premios, entre ellos, el merecidísimo Mejor Actor del Atlantic Film Festival para Antoine L'Ecuyer que hacía su debut.


La historia, que se sitúa en el '68, es narrada desde la mirada llena de imaginación e ingenuidad de Léon Doré, (Antoine L'Ecuyer), un niño de 10 años que protagoniza esta exquisita comedia melodramática. Sus padres, una madre (Suzanne Clémment) hippie, liberal y apasionada y un padre (Daniel Brière) correcto, estricto y formal, están al borde de la ruptura. Léon lo vive desde la más extrema rebeldía, llevándole tan temprano, al sinsentido, al mayor desprecio de la vida y de la muerte, a la cual no se cansa de desafiar.

Su hermano, el buenísimo Jérôme (Gabriel Maillé), siempre le saca de apuros, cansado de luchar en vano por su estabilidad. Entretanto, Léon conoce a Léa (Catherine Faucher), cuya situación familiar es tan inestable como la suya y se hace compañera inseparable de sus proyectos. La narración es perfecta: pausada y armoniosa; la dirección, música y guión hacen de esta sencilla historia infantil una profunda reflexión sobre el drama humano, cuyo único antídoto  es el amor: "El amor nos da coraje", frase clave de la película.


No sólo es conmovedor su mensaje, profundamente humano y sabio, sino que es presentada con una fotografía deslumbrante de verdes intensos y encuadres bellísimos. Los planos cenitales, que enfocan desde la lejanía a las personas dejándolas en diminutos puntos, como insignificantes somos en este mundo, son un gran hallazgo. En ellos, los campos de trigo verde son los protagonistas.

 

También destacan los encuadres de dos personas: una en el primer plano y otra contemplándola en el segundo. Los numerosos travelling, al ritmo de la bicicleta, de Léon corriendo o de los bolos, nos dan unas imágenes preciosas.


La música también es extraordinaria. La presencia del piano es un leitmotiv constante en el film. Parece como si la melodía que tantas veces sale de él, unas veces tocado por la madre, otras por padre e hijo, otras por Léon, fuera un bálsamo que llenase de ternura hasta al rebelde protagonista y sirviese de calma y unión en la atormentada familia. 
                      
 
                  

Esa mágica y recurrente melodía del piano fue un gran descubrimiento para mí: la Allemande de la Suite Francesa n. 4 de J.S.Bach, BVW 815 (Click para escuchar- interpretada por Tatiana Nikolayeva-), pieza delicadísima que llega hasta lo más hondo del ser humano, haciéndole llorar por lo que perdió y encontrar esperanza en lo venidero. Bach, compositor espiritual más allá de matemático, nos hace respirar a Dios en la fragilidad del hombre.

La música compuesta por Patrick Watson para ella tampoco deja nada que desear. Les recomiendo vivamente que se dejen llevar por sus suaves melodías, que, al ritmo de la guitarra, empujan su melancólica voz a la esperanza.

 
"Comenzar de nuevo es como comenzar una casa de Lego. Hay que deshacerla primero, reducirla a escombros. Después de eso, todo es posible.", Léon Doré.

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