sábado, 29 de noviembre de 2014

Mis aforismos III: Cor meum.

Dibujo de Van Gogh.
Un amor limpio y profundo puede extinguir todas las fealdades de uno, sus sombras y sus pequeños o grandes odios.

Descubrir que la persona amada habita en uno y te acompaña a donde vayas es un arte y una delicia.

El amor tiene ese sino que cuando se descubre y es puro llega a doler, sobre todo porque somos materia, almas encerradas en cuerpos. Eso limita nuestra sed de infinitud, nuestra sed de romper todas las barreras que nos separan del otro. Y así, nuestra vida se convierte en una lucha de fuerzas hasta calmar ese anhelo.


Cuando son dos y ya no más uno, se vive por dos y las tristezas de uno son iluminadas por las alegrías del otro y las alegrías se multiplican y la felicidad es común y por eso, doble.

Tú eres como el arte: bello e "inútil" pero necesario para que yo viva. 


Las hojas y la lluvia caen a nuestro alrededor, pero en mi corazón es primavera porque tú vas a mi lado.


Boceto de Noche estrellada, Van Gogh, 1889.
Nadie merece ser la muleta de otra. Cuando se llevan muletas se pierde la oportunidad de averiguar quiénes somos, nuestros límites, nuestra capacidad resolutiva. Seguramente, encontrará uno que es cojo al principio, vulnerable, pero en el proceso se va conociendo y aceptando sus imperfecciones. Entonces, se es capaz de ser amado.

El egoísmo es el mayor obstáculo para amar. De ahí que haya que menguar uno para que crezca el otro. 

Hay días alegres, días melancólicos, atardeceres del alma. Pero qué bellos son los atardeceres, sin los cuales no habría amanecer.

Atardecer sobre el Pisuerga (Valladolid), fotografía propia.

El mundo se sostiene por las personas bellas a las que habría que hacer un monumento por su dedicación callada a los demás.

En el equilibrio entre el "yo" y el "tú" está la perfecta relación de amor, como dos círculos independientes que se enlazan en un extremo voluntariamente.

Y ahora entendemos tantas cosas... el sudor y lágrimas del pasado no han hecho sino hacer brillar el presente y hacerte brillar a ti, mi estrella.

-¿Y de quién será tu corazón?
- De quien lo cure- sonreía.

La vida tiene sentido cuando hay un amor que la sustenta.

Felix Nussbaum,

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viernes, 14 de noviembre de 2014

El tren da media vuelta.


Es invierno y todavía sigo con el mismo abrigo de hace diez años. Bueno, exagero, ocho años, la última vez que vi a mi tío Igor, que me lo regaló. Sasha me ha dicho mil veces que debo comprar otro, que parezco un mendigo y que voy a enfermar. Y ninguna de esas afirmaciones parece carecer de lógica, pero es que el dinero se me va entre el papel pautado, la tinta, calentar la habitación y la manutención de la buena de Sasha… Lleva siendo mi criada desde hace varios años, cuando me fui de casa a los diecisiete para estudiar en el conservatorio de San Petersburgo. Entonces, las relaciones con mi familia no eran malas, o no lo parecían. Pero mi madre dejó de hablarme unos años después. Nuestras diferencias se hicieron patentes en la distancia, que, como agua que se enfría lentamente, se congela. Los demás le siguieron sin preguntarse por qué. Pero eso no viene ahora al caso.
No sé cuidar de mí mismo. Puedo estar sin comer casi nada cuando trabajo, que es siempre. Sasha es mi reloj terrenal, me devuelve a la vida real. En el mío, sólo la duración de las notas establece la medida, el avance de la música o su respiración. Para acallar este barullo incesante de mi cabeza, debo salir cada noche a oír otros sonidos distintos o me paso un rato por la taberna con mis amigos. A estas horas mis pensamientos sufren una especie de bloqueo. Caminar les sienta bien: el círculo vicioso en que habían entrado, pierde su inercia como por arte de magia y comienzan a enlazarse de distintas formas. Viene la claridad.

Me acerco a la estufa¸ que mantiene el salón caliente, y echo las pruebas fallidas de la sinfonía. No es una habitación muy grande, pero es mi refugio. Los pequeños objetos que he ido añadiendo la han hecho más acogedora. Aquí paso todo el día en diálogo conmigo y con mis musas. Pero tanta soledad me angustia… Sólo me vuelve más huraño y no compongo mejor en su triste compañía, como solía pensar… Me abotono el raído abrigo y bajo las escaleras de dos en dos para entrar en calor. Me coloco bien el gorro de piel y los guantes de lana y salgo. Siento el gélido aire petersburgués en las mejillas y los ojos se me van llenando de polvito blanco. Está nevando.
Iluminación en San Petersburgo, Fyodor Vasyliev, 1869.
Me gusta llevar conmigo su retrato, dentro de una pequeña cápsula dorada colgando de una cadena que guardo en un bolsillo del abrigo. Lo saco de vez en cuando y lo contemplo. Su espíritu me acompaña, esté donde esté. El eco del lejano tren que entra en la ciudad, rebota en las calles silenciosas llegando hasta mis oídos. Su paso es veloz, como el de los minutos, que traen oportunidades invisibles para el ojo adormecido y cuando uno se da cuenta, ya se han ido... ¿Será tan cruel la vida que no me deje retroceder y tomar el mío? Llego a la plaza, atraído por el murmullo de esos seres felices patinando sobre el lago congelado. Las luces de gas, reflejadas en la superficie blanquecina, se mezclan con los colores de los abrigos de los patinadores, dando una imagen brumosa de agradable sensación. Mi amigo Fyodor Vasilyev debería pintarlo.

¿Por qué me parecen todos tan iguales, como cortados por el mismo patrón? ¿Acaso están conformes con sus vidas? Les miro con envidia, su simpleza es preferible a mi angustia vital. Quisiera parecerme a ellos, pero la tristeza me ha endurecido el corazón. Sí, niña, no me mires así, no trates de comprenderme. Aunque quisiera aprender a mirar como tú las cosas… Sí, eso lo he olvidado. Si al menos ella... ¿Pero qué digo? Eso no será posible.

Sonata para viola, Glinka (1804-1857), interpretado por Yuri Bashmet.

Mientras camino, el ruido va quedando como bordón de fondo que se apaga dando paso, como a un solista, al golpeteo de mis zapatos sobre el suelo húmedo. Evito las calles que frecuentan mis amigos, la conversación me molesta cuando quiero escuchar mis pensamientos. La música invade tanto mi tiempo que casi no puedo pensar en otra cosa hasta la noche. Pero nunca sabes cuándo va a venir a visitarte la inspiración. He tenido que despertarme varias veces para terminar algo que no me salía despierto.
Voy por calles estrechas donde apenas pasa un coche de caballos. Una pareja se besa, les lanzo una mirada severa y continúo con paso firme. Una lágrima corre por mis mejillas secas.  ¡Darya! ¿¡Dónde estás!? Fue hace dos años cuando te dejé ir miserablemente, no te pedí la mano y te dije que estaba casado con... mi obra. ¡Ceguera estúpida y prepotente! He ido desmejorando cada día, consciente del error que cometí y no me lo perdono. Ella daba valor a mi vida, que ha quedado vacía.
Saco mi petaca y tomo un trago de vodka. Además de calentarme me lleva a una esfera paradisíaca del olvido, de la inconsciencia de mis miembros y del mundo físico. Todo pasa a un segundo plano, irreal, sí, pero estoy mejor durante unas horas. La nieve ha ido formando una capa gruesa en el suelo y hay que ir con cuidado. El aullido de un gato me saca de mis pensamientos. ¡Tengo que llegar a casa! Será el motivo principal de una elegía de amor para ella.
Subo los escalones a toda prisa, siento como una llamada que me arrastra de esta manera y no puedo más que seguirla. En casa, el calor me acoge como un beso en la mejilla. Enciendo el quinqué con cuidado de no despertar a Sasha, que duerme en la habitación contigua. Voy sintiendo consuelo a medida que brotan las notas sobre el pentagrama. Me digo que estoy haciendo lo correcto. Un ruido en la cocina me despista, será otra cucaracha y puede esperar, esto no. De pronto, la luz se apaga extrañamente, pues la mecha es larga y hay suficiente aceite. ¡Qué frío me ha entrado por la espalda! Siento que hay alguien más y muy cerca de mí... ¿Sasha?
-Nikolái. -Algo me toca el hombro y salto de la silla tirando el bote de tinta al suelo.
-¡Diablos!, ¿QUIÉN ERES? ¿¡Cómo has entrado!?
-Soy el padre de Darya. No puedo explicarte mucho. –Temblando, enciendo de nuevo el quinqué y aparece ante mis ojos: tenía el rostro blanquecino y el traje, hecho jirones por la pierna. Qué extraño todo.- Ella te quiere, Nikolái, aunque ha estado muy dolida. Dale esto y sabrá que tienes mi consentimiento.- Me acerca su mano y me da su anillo con el sello de la familia.
- ¡Conde Alekséi! ¿Pero cómo ha llegado hasta aquí? ¿Qué significa...?
- Apunta, ¡rápido! Plekhanova Ulitsa, encima de la panadería, el quinto piso.- Escribo rápido sobre lo que pillo. ¿Es un sueño? Mi asombro es mayor cuando giro la cabeza y veo que ya no está. Me asomo a la puerta y no se oye nada. Estoy confuso. Todo me da vueltas y...

                                                                               *  *  *
Amanecer en San Petersburgo, Fyodor Vasyliev
 -Sasha, ¡eres tú! Por un momento pensé que era... Ah, gracias por el café. ¿Anoche oyó algo extraño?
-Sí, soy yo, claro. No oí nada, pero usted debió de pasar mala noche, viendo cómo estaba todo el suelo. Pero ya está limpio, no se preocupe.
-Ah... gracias, gracias. -Sobre la mesilla veo el anillo, la obra casi terminada. Me había quedado dormido con la ropa puesta. Sonrío... Había atraído hacia mí ese tren perdido...! ¡Todavía me queda esperanza! Recito despacio un padrenuestro, paladeando esas palabras que hacía tiempo había dejado de usar. Le digo a Sasha que me prepare el traje de conciertos y que esté listo un coche dentro de quince minutos. Termino la pieza. Será ahora mi obra de petición de mano.
¡No puedo creer que viva ahora tan cerca! La mañana me parece preciosa. Le pido al cochero que pare un momento. Ahí, sí. Quiero comprarle unas flores: gladiolos blancos y rojos. Tiemblo de emoción, pero voy confiado. Al llegar a la calle Plekhanova me lanzo al edificio. La doncella me comunica que está dándose un paseo por el parque. Qué más da un minuto más o menos, ¡ella es mi destino! Me fijo en las personas que pasean, pero no la encuentro. Es sábado y la gente ha salido a la calle, eso lo dificulta. Aguarda, Nikolái. ¡Esto es una cita a ciegas! Me acerco a un café y... Ahí está. Se gira, sintiendo mi mirada sobre ella. Su expresión muestra sorpresa, aunque ¡también parece como si me hubiera estado esperando durante tanto tiempo...!
-Darya... Perdóname... no sé cómo decirte cuánto te he buscado y cuánto me he equivocado...-Me arrodillo, le doy las flores y agacho la cabeza avergonzado. Conmovida, me la levanta y me mira a los ojos comprensivamente. Su dulce rostro estaba por fin ante mí ¡y me perdonaba!
-Anoche tu padre vino a mi casa. Fue muy extraño, no lo comprendo... Me dio esto para ti. Gracias a él te he encontrado y le estoy eternamente agradecido... Estaba componiendo precisamente una obra para ti, cuando vino. Permíteme entregártela y interpretártela hoy mismo. ¡Oh, Darya Dariyovna, qué feliz me hace poder verte!- Mira con detenimiento el anillo y la partitura que estaba enrollada dentro. ¿Qué pensará? Entiendo que me guardes recelo... Su rostro ha cambiado ahora, reluce la paz en sus ojos. Me mira segura, ha tomado una decisión.
-Mi padre murió atropellado diez días atrás... -Su mirada me llenaba el alma tanto que mis ojos no habían reparado hasta ahora en el negro de su vestido. Se me eriza el vello de los brazos. A pesar de su tristeza, algo brilla en ella. Nos miramos con complicidad.  Veo el sí en sus ojos y el amanecer de mi inocencia, en su reflejo.  

A railway station VI, Marta Zamarska,


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