(Comparto el enlace de una canción que parece compuesta para acompañar este texto y su contexto Mary Magdalene, The Return)
He llegado hasta aquí
a este lugar donde confluyen todos los lugares
en un tiempo que excede todo tiempo
donde el adentro y el afuera se revelan
parte de lo
mismo
donde tú y yo dejamos atrás
nuestro pequeño yo
para fundirnos
en el regocijo
de la
Eterna Presencia
(la OM~nisciencia
del Ser)
pues nunca
en verdad
nos habíamos separado
de él
—o mejor dicho
de Ella…
Es preciso hacer un alto en el camino, en la ladera de esta Montaña -real o imaginada- que momento a momento, con dedicación y esfuerzo, hemos escalado. Y es aquí donde recuerdo que Yo soy parte de la Montaña —la Montaña, parte de mí; que yo misma la proyecté como parte del Plan, antes del Gran Olvido...
Como bajo el influjo de un cálido sol interior, la nieve de siglos comienza a deshacerse. Lo que tanto tiempo había permanecido intacto en paciente espera, se conmueve ante esta inusitada dulzura —¿cómo nombrar este milagro?
Ríos de lágrimas descienden por las laderas de este largo camino de regreso
lágrimas de re~conocimiento hacia nuestros Ancestros, quienes llevaron esta carga desde la noche de los tiempos con la certeza de que llegaría este preciado~preciso momento sobre la faz de la Tierra
lágrimas de aceptación por todo lo vivido —con sus caídas, sus preguntas, sus hallazgos...
lágrimas de agradecimiento al saber que -al fin- no tiene por qué ser tan difícil
ya no más
Viejas capas de creencias sobre las que se habrían cimentado las grandes civilizaciones, dominadas bajo la ley del yugo y la perpetuación de la in-humanidad, se van desprendiendo; capas de vergüenza y culpa infundidas para sembrar el terror y la esclavitud bajo pretexto de una redención, se desmoronan. El viejo sueño ya ha comenzado a caer ladera abajo.
El río toma todo esto consigo arrastrándolo hacia el Gran Océano —y Ella, merced a su infinita Gracia, con un largo rugido lo engulle en su profundo regazo azul.
| Nuestro fondo marino, Miriam Cahn, 2019 |
Es justo allí, bajo el rugir de las olas, que escucho otro sonido -singular y penetrante-, al que le sigue otro y luego otro: son las sabias matriarcas del océano, las que sostienen la vibración del planeta azul, nadando en un gran círculo, ellas-las-ballenas.
Las aguas comienzan a arremolinarse en espiral al compás de una antigua melodía -fragmentos de una secuencia repetida una y otra vez desde los inicios de la Creación, como un código de amor y remembranza disponible para aquel que tenga ojos para ver y oídos para oír
En el interior del círculo los delfines dan saltos entre la espuma blanca lanzando chirridos de alegría
Hay aquí un aire de expectación
La tierra, el aire, el agua, el fuego se preparan también para este gran acontecimiento largo tiempo anunciado
Todo se contrae y expande rítmicamente —hacia el interior, hacia los lados, en todas las direcciones— en una especie de parto cósmico
Yo contengo la respiración
Primero asomaron unas manos —sus delicados dedos acariciando por primera vez la suavidad del viento
Luego, sus largos cabellos, del color intenso del amanecer, con algas y conchas entrelazadas y entre ellos, se adivinaba un rostro, una figura femenina como ningún artista ha podido jamás representar, pues es ella a quien, en ultima instancia han tratado captar… Ella, la de innumerables rostros y nombres, por largo tiempo oculta, negada, reprimida —la divina Madre, Sophia
Toda la creación se inclina ante Ella en profunda reverencia
Y de su Ser comienza a emanar un canto profundo, muy antiguo y nuevo al mismo tiempo, pues su voz resuena desde siempre, en cada célula de cada ser vivo, en cada partícula de cada estrella, de cada planeta.
El cosmos entero se estremece. Todo vuelve a cantar su canción, una vez más. Todo canta y se regocija con Ella en el día de su renacimiento —y el mío—, del renacimiento de la Voz, la Voz que sostiene e inspira estas palabras para que recuerdes y cantes tú también su canción.
Nota
Todas las imágenes, a excepción del cuadro de Boticelli, son fotografías tomadas por mi.






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